domingo 25 de enero de 2009

Tulipanes

Voy a la zaga de un grupo de amigos que camina por la calle delante de mí. Llegamos a una calle perpendicular a la que atravesamos, junto a un cruce. Ellos cruzan delante de mí, y cuando yo levanto el pie para ponerlo sobre la calzada, el tráfico surge de la nada y los coches se convierten en una ráfaga contínua que va y viene. Mis amigos que me miran desde la otra acera se impacientan, y entonces empieza a llover. Se despiden de mí a voces y corren para refugiarse del chaparrón, mientras yo me empapo. Me quedo sola, esperando a que deje de haber un tráfico tan denso y preguntándome dónde habrán ido los demás. Al cabo del rato estoy como una sopa, los coches me salpican y me pitan en cuanto hago el amago de bajarme de la acera. Como estoy junto a un cruce, decido probar suerte intentando cruzar a la acera de mi izquierda a través un paso de cebra. Igual que antes, la carretera está desierta hasta que yo levanto un pie para cruzar, momento en que en lugar de una ráfaga de coches, lo que atraviesa la calzada son autobuses de dos plantas. Espero un rato, tratando de establecer contacto visual con los conductores para ver si la ecuación peatón + paso de cebra les sugiere algo, pero el tráfico sigue fluyendo y la lluvia sigue cayendo. Como son más grandes, los autobuses parecen moverse un poco más despacio, así que salto hacia el primer hueco que veo entre ellos. En el aire veo la cara del conductor alarmado y lo cerca que estoy. Cierro los ojos al golpearme de bruces contra el asfalto y cuando los abro, estoy a escasos centímetros del parachoques. Me incorporo rápidamente porque no sólo nadie se ha apeado del vehículo para ver si estoy bien, si no que parecen todos muy enfadados porque les estoy bloqueando el paso y aporrean el claxon con el ceño fruncido. Subo a la acera y sale el sol. La calzada vuelve a quedarse vacía, así que por fin cruzo al otro lado, pero no me está esperando nadie, estoy sola. Empiezo a correr por un barrio cuyas calles parecen estar compuestas por escaleras que suben y bajan, y muros altos con alambre de espino. Ni siquiera veo la fachada de ninguna casa. Me detengo en una de estas calles absurdas y me siento sobre los escalones, cansada y triste. Apoyo la frente sobre las rodillas y me cubro la cara con las manos, y percibo como los rayos del sol acarician mi nuca. Pienso "al menos ya no está lloviendo", y levanto la vista.
Sigo sentada en unas escaleras junto a un feo muro, pero ante mí se extiende un precioso campo de tulipanes.

martes 4 de marzo de 2008

Nieve artificial

Estoy en el interior de un castillo que tiene una arquitectura muy compleja, porque está construido sobre un terreno empinado, así que la entrada principal está en la parte más alta de la cuesta, y al entrar se desciende hacia los salones que son enormes y están abiertos con terrazas de suelos empedrados. Hay una sala mas pequeña en la que tengo algunas de mis cosas: en una estantería está uno de mis diarios, mi preferido, con la cubierta de cuero; tambien hay varios de mis libros de hacer punto y de manualidades. Colgado de una silla, está mi colgante de cristal con una flor. Poco a poco el castillo se va llenando de gente y se improvisa una fiesta. No cabe un alfiler. Yo lo estoy pasando muy bien, y están tambien mi gata y mi padre (por alguna razón) pululando por allí. De pronto empieza a nevar por dentro del edificio. Es muy bonito, y a la gente se le va quedando el pelo blanco mientras bailan. Aún así, a mi me resulta un poco raro que nieve DENTRO del edificio, asi que decido salir a investigar. Atravieso la multitud con bastante esfuerzo, y cuando llego a la puerta, compruebo que fuera no nieva . . . entonces me doy cuenta de que no es nieve lo que cae sobre la gente, si no parte de la pintura del techo, porque los cimientos están temblando, y el edificio se va a desplomar. Vuelvo a meterme dentro para avisar a mi padre, antes de que se organice una estampida y le sea imposible salir de allí. Me abro paso lo más rápido que puedo, pero al llegar hasta mi padre, justo cuando intento explicarle lo que pasa, alguien da la voz de alarma. Todo el mundo sale corriendo, a la vez que se abre el suelo bajo nuestros pies, y caen trozos cada vez mas grandes del techo. Mi padre intenta sacarme de allí, pero yo me niego a dejar atrás a mi gata, así que él se queda. De todas formas, hay tal muchedumbre que es imposible salir. Cuando la mayoría de la gente está fuera, y la salida está más despejada, busco a mi gata y la veo agazapada entre los restos de unas estanterías. Por desgracia éstos estan al otro lado de una grieta enorme que se ha abierto en el suelo que sigue temblando. Calculo que dando una zancada grande, puedo llegar al otro lado. Hago el gesto de cruzar, pero mi padre me sujeta por el brazo justo a tiempo, porque la mitad del suelo en la que está mi gata se separa aún más de la nuestra. Ahora sólo puedo llevarmela si es ella la que salta. Empiezo a llamarla despacito, y parece que la tierra deja de temblar bajo nuestros pies. Williamina avanza vacilante hacia nosotros, sintiendose un poco más segura, aunque sin llegar a asomarse al borde del precipicio. Entonces llega un hombre de los servicios de emergencia corriendo desde la entrada a la sala que está detrás de nosotros, y nos ordena que salgamos. Su voz retumba tanto que el edificio se pone a temblar otra vez, y Williamina vuelve a recular hacia atrás. Mientras el bombero me agarra del brazo y nos arrastra a mi padre y a mi, cojo el colgante de la flor que cae de alguna parte. Vuelvo la cabeza, y veo a mi gata saltar sobre los escombros, y acercarse a una abertura de la pared. Se detiene un momento para seguir con la mirada un pedazo grande de techo que cae cerca de donde está ella, y la mirada de sus ojos amarillos se cruza con la mía. Momentos despues, desaparece por la grieta de la pared, que no sé a dónde la llevará. Corro sin poder dejar de mirar atrás y veo como mi diario queda sepultado.

domingo 3 de febrero de 2008

sueño antiguo

Este sueño es de hace tiempo:

Estoy sentada a la mesa en un restaurante con un amigo, esperando a que nos traigan la comida. LLega el camarero con dos platos tapados con fanales de plata. Al destaparlos deja al descubierto lo que para mi horror resultan ser pájaros al horno con patatas. Uno está completamente inerte y seco sobre el lecho de patatas, convirtiendo el plato en un bodegón bastante tétrico. Al otro aún le queda un soplo de vida, y lo retiro del plato para llevarlo corriendo a la cocina del restaurante. Paso corriendo, esquivando fuentes de composiciones retorcidas e instrumentos de cocina afilados, hasta llegar a la pila. Meto al pobre pájaro moribundo bajo el grifo abierto. El agua parece insuflarle vida, y al salir del restaurante trato de devolverle su libertad. Aún está muy débil, y es capaz de levantar vuelos cortos, aterrizando enseguida. Le sigo hasta un edificio en construccion. El pájaro se cuela en el penúltimo piso, al que accedo por una escalera de mano un poco inestable. Revolotea torpemente chocando con escombros y herramientas. Finalmente, se acurruca en un rincón. Me acerco despacio para cogerlo, y oigo que a mi espalda alguien sube por la escalerilla metálica. Vuelvo la cabeza justo a tiempo para ver a una persona que está dejando en el suelo a un gato de angora enorme. Éste empieza a olisquear el suelo, buscando al pájaro, así que cojo al gato y lo lanzo fuera del piso (ya que no hay mucha altura). Vuelvo en busca del pájaro y otra vez alguien a mi espalda deja suelto un depredador de pájaros, esta vez, un perro. Intento atrapar al perro, pero empieza a subir gente con perros y gatos que quieren cazar a mi pájaro. Uno de ellos descubre donde estaba agazapado, pero le da tiempo a levantar un vuelo corto, y se esconde dentro del cuello de mi camiseta. Huyo con él.

miércoles 28 de noviembre de 2007

La pequeña mantis


El aire ondulado distorsiona la imagen del arbol que proyecta una sombra alargada en la vasta extension de tierra seca, sobre la que se perfila una pequeña figura. Camino en su direccion y al consultar mi reloj descubro que la esfera está subdividida en varias secciones de las cuales cada una indica algo distinto, por lo que leer la hora se convierte en un complejo rompecabezas.
Al levantar la vista bajo la sombra del arbol, veo que la figura es la de una ni
ña pequeña que esta sentada dandome la espalda. Su pelo dorado cae en una cascada de tirabuzones inmoviles puesto que no corre ni una pizca de aire, y parece que el calor aumenta por momentos. La pequeña gira lentamente la cabeza, y me mira. Le tiendo la mano pero a la vez siento un escalofrío porque sus ojos parecen dos prismas con miles de caras, como los de un insecto, y de pronto siento que he cometido un error, cuando oigo el zumbido de miles de abejas que me rodean por todas partes.

sábado 13 de octubre de 2007

Light



I run through the shades of the labrynth tunnels, without looking back. My mind is focused on the precise instructions I have received to survive in its deep velvet darkness. I run as fast as I can, but I also try to avoid making any sound, because I am in great danger. I stop abbruptly, holding my breath. I freeze as the air around me turns into sharp ice digging into my skin. Although breathless, I darent breathe. I’m terrified that my heart will betraye me, cause I can hear it thump hard, echoing in the stillness of the black cloack that surrounds me. I can feel a subtle draught tickling the back of my neck. Here, the most similar thing to light, is where darkness seems to fade into vague shapes, like the one in front of me. While I quietly regain my breath, I realize time is running. I doubt. Shall I run forward? No option seems safe. I decide to stick to what I know, the most important guideline I have, and also the one I have failed to follow: no matter what, don’t stop. Keep running.

I close my eyes and leap towards unceirtainty…

I fall, or at least my feet don’t feel the ground any more, as I have no sense of going upwards or downwards. I may aswell be floating, but I don’t find a reason to explain such a thing. My mind seems what is left of me, as it explores my senses, and discovers that where my body was, there is only a dull numbness. Has my body been devoured by the dark? Will my mind be absorbed by it too, melting into it’s atmosphere? Where am I?

I evaluate the situation. If I am still self-conscious, does it mean that I still exist? But if I do then, where is everything else? An insane idea crosses my mind. What if it was all in my imagination? But if it was…then, what am I?

martes 18 de septiembre de 2007

pesadilla



Estoy apoyada en el marco de la puerta de la que un día fue mi cocina. Ya no vivo aquí, pero por supuesto estoy soñando, así que todo me parece de lo más natural. Mi madre estudia algo que tiene en la mano. Está sentada a la mesa, mirando su tarea por encima de las gafas, sin prestarme atención. Tengo una sensación extraña en la nuca, un cosquilleo, como de inestabilidad. No es que haya nada en particular que me haga sentir incómoda, pero la atmósfera en general, por alguna razón me hace sentir vulnerable. Supongo que es por estar aquí, en nuestra antigua casa, con las oscuras vigas de madera crujiendo amenazadoras por encima de nuestras cabezas, los enchufes junto al fregadero con cara de cortocircuito y frío, mucho frío.

Mi madre comenta distraída --Vaya, parece que tienen hambre, han salido a comer unas cuantas...—

No se de qué está hablando, pero empiezo a estar harta de este picor en la nuca...un momento, ¿de donde viene ese zumbido? Parece que viene del trastero, justo a mi izquierda. La puerta está entornada y la luz fluorescente está encendida. La empujo y dejo salir la mezcla de olores a polvo triturado, gasoil y pis de gato. A la vista, se agolpan los trastos que hemos acumulado a lo largo de nuestra existencia, y que hemos acabado amontonando aquí por falta de espacio para ponerlos en otro sitio. Están apilados en las estanterías, y hasta cuelgan del techo. Cómo murcielagos, penden de las vigas un viejo sombrero mejicano, una sierra mecánica, una cometa, un cesto de mimbre...Sobre la alfombra se abarrotan tambien las bicis de montaña, una encimera de mármol de la casa en la que vivíamos en Madrid, una estufa de gas de las que siempre dicen en las noticias que han provocado algún incendio...Apoyadas en una pared, hay dos mesas de madera enterradas bajo botes de pintura, un telefono antiguo, un teclado yamaha, varias cajas con puzzles en 3D...Al fondo, hay una puerta que da a la casa contigua y que está tapada por una estantería abarrotada de cajas de herramientas. Me acerco más y veo que algo se mueve. La superficie de madera tiene algo brillante y viscoso, y entonces distingo la inconfundible apariencia de montones de abejas cruzandose unas por encima de otras, bullendo en todas direcciones...reculo hacia la salida mientras descubro que tambien zumban a mi alrededor, y salen de las grietas del techo de madera. Me llevo la mano a la nuca, porque ahora el picor es mucho mas intenso, y me sorprende el tacto pegajoso y la vibracion de muchas alas y patas correteando bajo mis dedos.

Me despierto sobresaltada.

jueves 13 de septiembre de 2007

reality




El sol me quema la espalda. La hierba es amarilla y el aire seco se me atraganta. Voy caminando por un paisaje quebradizo, que me araña. Hace demasiado calor para septiembre. Estoy buscando cantos pequeños y redondeados, cuanto más parecidos mejor. Es complicado, porque hay muchos, pero son todos muy diferentes. Recojo una piedra y la dejo caer al instante llenándome los zapatos de polvo. Quema. Veo una bastante redonda. Está semienterrada en la arena. Pondero si merece la pena escarbar a su alrededor para sacarla y decido intentarlo. Tras unos minutos rascando con un palillo, la tierra compacta cede y consigo despegarla. Al darle la vuelta me decepciona. Su cara oculta es abrupta y áspera. Me maldigo por haberme dejado engañar por su pulida superficie, y la arrojo lejos de mí.